Hace ya algunos años, estábamos tres
compañeros hablando de asuntos de trabajo cuando saqué un paquete de chicles de
menta y les ofrecí uno. Uno de ellos comentó que si no nos habíamos dado cuenta de que
ya era casi imposible encontrar chicles con azúcar. Dije entonces que yo
añoraba los que, para mí, eran los mejores chicles del mundo momento en el que
los tres gritamos a coro ¡BAZOOKA!
Y me vino entonces a la memoria como si
tuviera doce años el sabor a fruta de aquella maravilla, su color que ha hecho
que todavía hoy se hable del color rosa chicle, el envoltorio con los colores
de la bandera americana y aquel diminuto comic en papel satinado que envolvía
el masticable y que nos contaba las aventuras, inexplicables para muchos de
nosotros porque venían en inglés, de un chico muy americano, Bazooka Joe, con
gorra de visera y un parche en un ojo. ¿Dónde lo habría perdido?.
Al principio eran redondos, como con forma
de tambor y unas acanaladuras que permitían partirlo para invitar a los amigos
pues pocas perras para golosinas teníamos entonces. También venían en una barra
larga que se podía partir con cuchillo para repartir. Este formato era como de
gente rica. Más adelante evolucionaron hacia unas tabletas cuadradas que son
las más conocidas.
El mayor placer era meterse dos o tres en
la boca y hacer unos globos enormes que te estallaban en la cara. De repente
desaparecieron del mercado canario y nunca más se ha sabido de ellos pero desde
esta mañana tengo su sabor marcado en el cerebro.
¿Alguien sabe dónde conseguirlos?