miércoles, 15 de agosto de 2012

Mi primera vez

Esta es una de las pocas fotos que tengo de mi primer instituto, el Joaquín Artiles de Agüimes, donde impartí clases entre 1972 y 1974. En la imagen aparece un joven barbado que lleva el uniforme obligado de aquella década: Botas de cuero virado, pantalones de pana de campana, jersey de cuello vuelto y el anorak emblemático de mi generación. Ese era yo. Fueron mis primeros años de profesor de los que guardo un bello recuerdo. Todo era nuevo para mi. En ocasiones, como verán más adelante, demasiado nuevo.
Hace poco tiempo he vuelto a recordar aquellos días, pues mi amiga Isabel Duque escribió el año pasado una entrada en su Blog de una jubilada con el título también de Mi primera vez, que yo le copio ahora . Esto me dio pie para contarle en un comentario una historia personal que me ocurrió no ya el primer día sino la primera hora de clase y que ahora voy a contarles a ustedes.

Corría, como dije antes, octubre del año 72 -algo ha llovido- y con mi carrera recién terminada me ofrecieron un puesto de profesor interino de Geografía e Historia en el Instituto de Bachillerato de Agüimes, en Gran Canaria. Como era el último mono del centro mi horario comprendía todos los restos de asignaturas de letras que quedaban. Daba de todo: Lengua Española, Filosofía, Historia e Historia del Arte. Como era ya avanzado octubre, el director me puso un libro de texto de Lengua en las manos y me dijo que corriera al aula, que ya había tocado el timbre.

Me dirigí a la clase, entré, me presenté a aquel grupo de 3º de bachillerato del plan 57 (unos 13 añitos, angelitos míos) y les dije que, dada la fecha, íbamos a empezar sin más dilación. Me puse de pie detrás de la mesa, muy tieso y circunspecto, y con gran ceremonia abrí el libro de texto por la primera lección.

En ese momento el pánico se apoderó de mí. Allí, en aquel maldito libro, y en letras muy gordas ponía EL SINTAGMA NOMINAL. ¡Dios! - pensé- ¿esto qué es? ¿De qué habla este libro? ¿Pero esto no era Lengua Española? ¿Y el sujeto y el predicado? Me vino de repente un sudor frío y la angustia se me agarró a la garganta. Tomé aire y levanté la vista. Allí estaban aquellas caritas delante de mí esperando a que comenzara. Cerré el libro lentamente paseé la vista por la clase y les dije:

-Pero no. Aunque esté muy avanzado el curso, creo que debemos dedicar el día de hoy a conocernos un poco. A ver, mi niña, ¿cómo te llamas?, ¿y  tú?… y así seguí toda la hora.

Al llegar a casa le dije a mi mujer, que sabe mucho de estas cosas y que se partía de la risa, que me explicara qué carajo era eso del sintagma nominal. El resto del curso me fue dando clases particulares que me permitieron sobrevivir sin hacer demasiado el ridículo. Al parecer, mientras yo estudiaba Historia, los colegas de Lengua se habían dedicado con fruición a cambiar los nombres a todo.

De aquella primera vez aprendí dos cosas: que no se puede hacer algo sin estar preparado para la tarea y, sobre todo, que había nacido para ser profesor.

2 comentarios:

  1. He vuelto a reírme con la historia. Y sí, el que los alumnos no se den cuenta de que no tienes ni idea y que encima te encuentren sabio, es una de las características de un buen profesor.

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    1. Hace unos días en La Esperanza me recordaron esta anécdota unos buenos amigos que la conocían y se me ocurrió escribirla en el blog con robo de título incluido. En cuanto a lo de los profesores con tablas creo que tu cuentas la historia del profesor que escribió algo en la pizarra con una falta de ortografía y cuando un alumno se lo hizo notar le dijo algo así como que menos mal que alguien se había dado cuenta de la trampa que había puesto. Y se quedó tan pancho.
      Un beso.

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